La sombra de John Lennon, por Tomás Eloy Martínez

By lucialalli | octubre 9, 2012 at 1:00 pm | No comments | Indexados | Tags: , , ,

En el día en que John Lennon cumpliría 72 años, recordamos al genio de la mano de otro grande.

Compartimos esta crónica que escribió Tomás Eloy Martínez en 2003, cuando se enfrentó a “la sombra de John Lennon”:

“Central Park estaba lleno de flores, de músicos y de ciclistas el templado mediodía de julio en que cumplió 150 años.

Hubo fuegos artificiales y bailes a la orilla del gran estanque Jacqueline Kennedy Onassis, cerca de las canchas de tenis, pero nada parecía diferente a cualquier otro día de verano. Lo inusual fue el tributo que los amantes del parque -un inmenso núcleo verde que se abre al centro de la isla de Manhattan, entre las calles 59 y la 110- rindieron a la memoria de John Lennon, que iba a trotar allí todas las mañanas.

Lennon vivía en uno de los pisos superiores del sombrío y centenario edificio Dakota, en la calle 72, al oeste del parque. En la planta baja tenía la oficina y su piano, donde compuso y grabó la canción Starting Over un mes antes de que un fanático lo asesinara de un balazo junto a la puerta de entrada, el 8 de diciembre de 1980.

Se había mudado allí siete años antes, después de vivir algún tiempo en el St. Regis Hotel, donde le pidieron gentilmente que se marchara porque tenía la mala costumbre de tocar el piano durante la noche. Allí, en ese hostil hostal de la calle 55, compuso Imagine y Come Together, dos de sus obras maestras.

Hay un pequeño espacio dedicado a su memoria en Central Park, justo frente a la calle 72. Se llama Strawberry Fields y, como el nombre lo indica, está sembrado de frutillas.

A las 11 de la mañana, el día de los 150 años, pasaron por allí Woody Allen con la inseparable Soon Yi, Laureen Bacall, Vanessa Redgrave, Norman Mailer y los hermanos Joel y Ethan Coen a dejar una rosa amarilla, la flor favorita de Lennon. A la entrada del Dakota había otro mar de rosas, y la mayoría de los paseantes de la calle 72 añadía al imponente túmulo perfumado ramos de azaleas, margaritas, tulipanes, claveles y pequeñas guirnaldas de laurel.

Más de una vez he contado que estuve a punto de conocer a Lennon una tarde en King’s Road, Londres, cuando Guillermo Cabrera Infante me invitó al estreno de 2001: Odisea del espacio. George Harrison y Ringo Starr ocuparon las butacas a nuestro lado, cuando la sala ya estaba a oscuras, y se retiraron antes de que terminara la película.

Esperábamos a los otros dos Beatles, pero a esa hora estaban durmiendo. Cabrera Infante les pasó un papelito invitándolos a una fiesta que daba esa noche una modelo célebre cuyo nombre no era Twiggy y, por lo tanto, he olvidado.

Al salir de la sala, dije: “Ojalá vaya Lennon”. “Ojalá no vaya -me respondió el autor de Tres tristes tigres-. Es la persona más soez, maleducada y grosera que conocerás en tu vida.”

Por supuesto, Lennon no fue. Tampoco Harrison ni Paul McCartney, por el que se desvivían las chicas de aquellos años.

Me quedé con el vago pálpito de que lo encontraría cuando fuera a Nueva York, pero conocí esa ciudad demasiado tarde, en diciembre de 1980, cuando hacía ya un año que estaba muerto. De todos modos, el día de los 150 años de Central Park, caminé por los mismos senderos que él recorría al trote, cruzando Strawberry Fields hacia la estatua de Daniel Webster, bordeando luego el lago Rowboat hasta la fuente Bethesda, y emprendiendo la vuelta desde la estatua de Mother Goose, a cincuenta metros de la Quinta Avenida. Cuando regresaba por un laberinto que se llama La Rambla me pareció verlo andar a paso tranquilo, de la mano de Yoko Ono.

El llevaba unos shorts caquis y ella, unos pantalones negros y tacos altísimos. Apuré el paso y los alcancé. Yoko era Yoko, en efecto, pero Lennon era Julian, su hijo, que se parece al padre como si él también hubiera compuesto Imagine.

Había mucho sol y no me animé a seguirlos hasta la entrada del Dakota, donde iban a prohibirme entrar, como a todos los intrusos”.

 

- Este artículo fue extraído del sitio web de la Fundación Tomás Eloy Martínez, y originalmente publicado en el diario La Nación, el 24 de agosto de 2003.

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