La morada del tiempo

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El Salvador

El tiempo es, en el transcurso de nuestra existencia, un  sinónimo de vida. Medimos nuestro paso por el mundo en días, meses y años. Pero nuestra presencia no es eterna, tiene fin.

Si vemos al tiempo como sinónimo de vida, su antónimo es la muerte y la morada de la muerte en la Tierra es el cementerio.  En el caso de El Salvador de la ciudad de Rosario, descansan tantas historias de vida como tumbas emplaza. Patrimonio artístico, histórico y cultural, es testigo del paso del tiempo y de la evolución en la manera de concebir la defunción humana.

A mediados del siglo XIX, los habitantes de Rosario aportaron un legajo histórico y cultural a la necrópolis que actualmente posee unas 5 hectáreas comprendidas por las calles Ov. Lagos, Av. Pellegrini, Av. Godoy y Av. Francia.  El 1º de septiembre de 1854, el Gobernador D. Crespo firmó el decreto autorizando la creación de un cementerio. Quedaba así constituido El Salvador durante la Confederación Argentina y en terrenos donados por D. Manuel Tavares. Fue inaugurado oficialmente el 7 de julio de 1856 con el entierro de un joven de 18 años, aunque el día anterior ya se habían sepultado los restos de dos niños hermanos mellizos.

Inicialmente pensado en las periferias de la ciudad, hoy El Salvador se encuentra en una de las zonas más céntricas. En el año 1856 pensar en Rosario como la ciudad en la que se convirtió resultaba imposible. La ubicación que se le dió al cementerio fue alejada de la zona principal, que comprendía las cercanías a la capilla inicial que hoy es la Catedral, para de estar manera evitar problemas de higiene y salubridad.

Junto a los particulares diseños arquitectónicos  propios de la burguesía rosarina de fines del siglo XIX, se suman las biografías de personalidades destacadas que aportaron en el progreso y desarrollo de la ciudad. Los mausoleos y panteones son evidencia de la importancia que se le daba a la muerte en el siglo XIX, cuando las tumbas familiares implicaban años de diseño. Incluso muchas familias hacían que el mismo arquitecto que había diseñado su casa diseñe su mausoleo. Estatuas y materiales se encargaban a Europa para la aristocracia rosarina que pretendía que su tumba sea igual de majestuosa que su vida. Por otra parte el abandono y el deterioro de los mausoleos y nichos evidencian el paso del tiempo y el olvido.

La vida en el cementerio comienza a cobrar sentido cuando se detiene el tiempo en la vida humana. Más allá de las convicciones respecto a la muerte, de los cambios culturales a través de la historia, todo queda registrado en un mismo lugar. Diferentes generaciones, clases sociales y  descendencias hacen de El Salvador un museo a cielo abierto.

Entrevistas:

Sylvia Lahitte, antropóloga encargada del  Área de Preservación del Patrimonio del cementerio; personal encargado de mantenimiento; cura católico apostólico romano;  puestero de flores.

Objetivos:  investigar sobre la historia de El Salvador. Mostrar la evolución del cementerio y las transformaciones que ha sufrido a través del tiempo. Explorar las formas de concebir la muerte y la mirada que tienen sobre ella las personas que trabajan allí. Indagar en la relación vida, tiempo y muerte.

 

 

Trabajo realizado para la materia Seminario de periodismo Educativo y Cultural de la carrera Licenciatura en Periodismo y Práctica pre Profesional de Licenciatura en Producción Audiovisual. Integrantes: Cecilia Oriolani, Macarena Dealesandro, María Verónica Varela, Agustín Tocalini y Ignacio Buthet.

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