Recordando al Negasegro Olmedo

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Duende inquieto. Mimo rebelde capaz de ponerle palabras a los gestos más exagerados. Destructor de códigos, escenografías y estructuras. Pícaro, sagaz y cómplice de los tímidos. Tierno, bonachón, ídolo de los que “tiran manteca al techo” por la madrugada. Equilibrista, arriesgado, jodón. Capaz de hacerle una broma hasta a la misma gravedad.

Eran las 8 de una mañana enrarecida en Mar del Plata. Sábado 5 de marzo de 1988 frente a Playa Varese, para ser más precisos. A varios kilómetros de allí, yo escuchaba con cierta inocencia radio Mitre. Mi viejo tomaba mate y no se por qué causa me había levantado tan temprano. La noticia cayó imprevista, irrumpiendo desayunos, sueños y monotonía. Un salto mortal, una cabriola, una chiquilinada. El Capitán Piluso quiso aprender a volar de golpe. Rucucu jugó una broma pesada, igual que en el ’76 cuando en “El Chupete” anunciaron su desaparición al aire. El Manosanta se confundió de gualicho. Alberto Olmedo etéreo, real y sonriente; se despidió hasta el próximo programa.

Mientras daba sus primeros pasos en canal 7, los militares echaban a Perón de la Casa Rosada. El golpe del general Lonardi y del contralmirante Isaac Rojas tomaba su curso. La gente seguía ese momento histórico a través de la radio. En tanto, un pibe desgarbado, con cara de chiste, abandonaba su trabajo de jefe de claque –dirigía a un conjunto de personas pagadas para aplaudir- en el teatro Comedia de Rosario para hacer de switcher –encargado de manejar una botonera desde el control y allí disponer qué cámara sale al aire-  en el viejo canal estatal.

Pancho Guerrero es el nombre de la persona que fue clave en la vida de Olmedo. Reconocido director de TV, le consiguió el primer trabajo en Capital y lo alojó en su casa materna. Alguna vez dijo “Es mentira que el Negro no tenía formación, porque él venía de hacer la escuela que no hace nadie: durante años, como director de claque, se pasó viendo a todas las compañías teatrales que iban a Rosario”. Talento innato, en una noche de cena de los directivos del canal con el personal, a fines del ’55; se desató una fuerte discusión entre dos empleados. El aire se cortaba con el filo de un cuchillo. En eso, el flacucho rosarino se paró en una silla y empezó a imitar a todo el mundo. Ademanes, muecas, gestos. Los directivos no dudaron en convocarlo para trabajar en un programa cómico.

Fito Paéz, también rosarino, alguna vez cantó: “Y la vida como viene va, no hay merienda si no hay Capitán. Nada nos deja más en soledad, que la alegría si se va. Volar, volar, volar… ¿Cómo es, Alberto, volar al más allá?” . A fines de los ’60 lo convocaron para presentar dibujos animados en canal 9. Ahí nació Piluso. Al principio ocupaba más espacio el oso Yogui que el cómplice de los chicos de remera a rayitas, gomera al cuello y cartuchera en la cintura sin revolver. Coquito Ortiz, amigo inseparable, escribía los guiones y era su aliado en cámaras. “Varias generaciones aprendieron a tomar la leche sin chistar” solía decir.

“Si me dieran un canal para manejar, en primer lugar, y especialmente, haría un poco de locura. Que sé yo… me gustaría entrar en cámaras permanentemente, de improviso. Parar al locutor del noticiero que está dando una noticia importante y hacer una cargada en base a eso. Sorprender a la gente, Me gustaría estar en el canal como si fuera un bicho y entrar cuando se me ocurriera. Meterme en el teleteatro en el momento del beso y decirles larguen un poco, che. Eso me gustaría hacer.” Había nacido el 24 de agosto de 1933. Varias generaciones ya lo guardan en sus corazones

TXT: Juan Mascardi – @mjuanro

Marzo de 2004, para La Voz de Colón

 

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