Leila. Crónicas de extraño fruto

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Escribe sobre la realidad, esa es su premisa. No inventa personajes, no imagina lugares que no existen, no agrega detalles que ornamentarían a la perfección una escena pero que, en rigor, nunca estuvieron allí. Observa, y con eso le basta.
Después, le suma una deslumbrante capacidad para contar. Con un vocabulario presto a encontrar para cada cosa el término, producto seguramente de extensísimas horas de lectura y otras tantas de ejercicio de la propia virtud, hace que cada relato resulte un deguste. A punto tal que uno, por ese insano prejuicio de emparentar lo literario a la ficción, llega a creer que está leyendo la novela de lo que sucede a la vuelta de casa o apenas un poquito más allá.
Para ella estas palabras no resultarían un elogio. Aclara cada vez que puede no sólo que no hace ficción, si no que tampoco le interesaría hacerla. Prefiere ajustarse rabiosamente a los hechos reales, pero les imprime la magia de Leila Guerriero al contarlos y, eso, es inevitable.
Gracias a una entrevista en la red que organizó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, los seguidores de Leila tuvimos la enorme posibilidad de escucharla y saber lo que piensa. Y esto nos dejó.
Leyendo sus textos, sobre todo aquél sobre historias perturbadas y perturbadoras de “unos suicidas del fin del mundo” (el primero de Leila que busqué deliberadamente dentro de una librería), en algún “cierre de libro hasta mañana” me pregunté: ¿cómo hace para encontrar estas historias?, ¿cómo sabe qué de lo cotidiano puede resultar a la exploración un hallazgo extraordinario?
Ella dice que lo sabe, que lo intuye, que la clave es que, al enfrentarse con la historia, algo adentro suyo despierte una gran curiosidad por saber más, por saber todo. Ahí hay una buena historia.
Yo creo que hay algo más. Creo que esas historias que en sí mismas esconden los matices perfectos de una buena crónica, terminan de transformarse en algo extraordinario cuando ella descubre cómo contarlas. Un don.
Sabe que no hay fórmulas exactas para convertirse en un buen periodista cultural, pero, desde su experiencia, ella aporta dos “consejos básicos”: en primer lugar, buscarse un método propio y tener confianza en él. Después (o antes tal vez), leer todo lo que esté a nuestro alcance, cualquier texto que pase por nuestras manos; compulsivamente. Leer con intención, a conciencia, perdiendo la inocencia, como dice ella. Ir al cine, al teatro, a conciertos de música…en fin, a todo aquello que estimule nuestros sentidos. Saber más, conocer mejor todo lo que nos rodea, ser más atentos, mirar el mundo como que en él se encuentran las cosas que luego serán grandes temas por contar. Y bucear en todo eso para dar con las historias que más nos interesan. Eso, para Leila, es importante. Porque si a uno le interesa la historia, se entusiasma. Y si se entusiasma y sabe contarlo, eso se transmite.
En medio de la entrevista, sugiere que los principios de los textos no tienen que ser bonitos, tienen que ser atrapantes y justificar el lugar que están ocupando, el de puertas del texto, el de invitación a leerlo hasta el final.
Observen: “Soy predadora”, punto y aparte. (1)
Esa es la primera línea de uno de sus textos.
Así se hace. ¿O alguien se hubiera quedado con ganas de saber por qué Leila Guerriero dice ser un animal salvaje?
No confía su suerte de cronista al destino, ese que una vez, por fortuna, pueda enfrentar al periodista indicado con la historia ideal, y además hacer que ambos se reconozcan. Ella prefiere agudizar sus sentidos y descubrirlas por sí misma. “El reto del periodismo narrativo es hacer de cualquier historia una historia digna de ser contada”, dice con soltura, como quien en realidad sabe y cree en lo que dice.
Ella es digna de contar lo que cuenta. Porque para hablar de algo, primero lo estudia, se compromete, convive con la razón de ser de sus crónicas, las busca, las exprime, les da confianza para que se muestren, las encanta. Sabe reconocer a sus personajes, los hace transitar sus líneas de principio a fin, y no tiene ambiciones de protagonista. Está a un lado, sólo para que sus ojos sean, por fortuna para nosotros, los ojos de todos los que la leeremos después.
Puede decir cómo se hace periodismo narrativo, porque ella sí que sabe.
Tiene su propio estilo y, seguramente, no lo ha descubierto copiando. Pero si se vendiera en pequeñas dosis, yo compraría un poco de su magia.

 

(1) Del artículo “Contra los fanáticos de la salud”, publicado en la revista El Malpensante.

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