El Zócalo (en radio lo más bajo): Una experiencia de culto en tiempo presente

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Por Juan Mascardi

Tenía 14 años, una remera roja y pantalón nevado. Fue en la primavera de 1988. En la radio sonaba La Cúpula de Soda Stereo hasta el hartazgo. Nosotros preferíamos Jijiji de Los Redondos que nos advertía que había que tener “los ojos ciegos bien abiertos”. Esa tarde estuvimos todos en la casa de Genoveva. Era una especie de guarida donde había elementos inhallables: tocadiscos, la colección completa de Asterix, mucho Beatles y libertad para subir el volumen al mango. La adolescencia galopaba timorata en un país que redescubría la democracia a los tirones. Los mates, los discos de Les Luthiers y la poética de Los de Acá -un grupo de rock que jamás fue- eran una mezcla que exorcizaba la siesta colonense a fuerza de rimas contestatarias. Esa tarde del 14 de noviembre del ’88, parecida a todas las demás, fue distinta.

A las 19 en punto llegué a Emisora Colón: una radio de circuito cerrado que para poder escucharla había que tener una especie de parlante y pagar una cuota mensual. Radio por cable. Aún no había llegado la FM. Emisora, junto a La Voz de Colón, eran los medios de comunicación más importante de mi ciudad. Ricardo Figueira, conductor del programa El Rotativo del Deporte me hizo una entrevista fugaz y minutos después empecé a trabajar. Mi tarea inicial fue estar atento a los cables de noticias que llegaban desde la teletipo, clasificar la información deportiva y privilegiar el último momento.  Gracias a la generosidad de mis compañeros -Carlitos Tocchetton, el Cabezón Morales, Graciela Pielvitori, y Juano Vera-  que me perdonaron todos los furcios y me alentaron a que siguiera, fui ganando terreno. Allí aprendí lo que debía aprender. Luego, fueron casi cinco años donde hice todo. Una especie de escuela secundaria paralela.

La Emisora fue, es y será una escuela de códigos, humanidad y profesionalismo. Allí protagonizamos transmisiones maratónicas, nos colgamos arriba de techos, le ganamos a la tecnología, experimentamos con nuevos formatos, nos equivocamos, crecimos y cumplimos un rol social fundamental: contar lo que estábamos viendo. Traducir nuestra mirada en palabras radiales. Ver, mirar, analizar, contar, entretener, informar. En Emisora, a los 14 años, supe que quería hacer de mi vida: contar lo que estaba viendo, lo que estaba viviendo.

 

Un pequeño paso para el hombre

El Zócalo (en radio lo más bajo) jamás ocupará un lugar en los libros sobre la historia de la radiofonía argentina. Nunca tendrá una entrada en Wikipedia. El programa radial que comenzó a emitirse un 15 de enero de 1991 en Emisora Colón no fue innovador,  ni políticamente incorrecto, ni contracultural, ni vanguardista. Nada de eso. Simplemente fue una estudiantina. La extensión de un recreo. La toma de un espacio. La generación de un ámbito de pertenencia. El Zócalo fue la cristalización de un sueño colectivo. Uno de los momentos más felices de mi vida.

En Argentina ya asomaba el comienzo de una década signada por la individualidad. Nosotros pensábamos cómo agruparnos. Con la herencia inmediata de la hiperinflación del gobierno radical de Raúl Alfonsín (el casete Un baion para el ojo idiota de los Redondos era equivalente a mi salario en la radio) nos preparábamos para el último año de secundaria en Colón, una pequeña ciudad enclavada en el norte de la provincia de Buenos Aires, a casi 300 kilómetros de la Capital, en pleno corazón de la pampa húmeda.

El presidente era un ex caudillo riojano: Carlos Menem. Un supuesto peronista que había llegado al gobierno con la promesa del ‘salariazo’ aunque, una vez en la presidencia, impulsó la Ley de Reforma del Estado que significó rematar el mismísimo Estado a cualquier postor. En Colón ya habían cerrado los dos cines. El Social (propiedad del Club Círculo Italiano) se había transformado en una cancha de voley y el Cine Colón se había convertido en un templo evangelista. Los dioses de los ’90 eran otros. El debate político en la tele era monopolizado por Bernardo Neustadt en Tiempo Nuevo y los nuevos tiempos neoliberales fogoneaban las privatizaciones.

Era verano y los veranos en las pequeñas ciudades invitan al regocijo: piletas, asados interminables, guerras de globos de agua, el desafío de cruzar el campo santo a la madrugada. Experiencias mucho más tentadoras que encerrase en una radio a pasar la canción del verano. Aunque nosotros nos negábamos a emitir el Ritmo de la Noche de The Sacados.

 

Influencia y humedad

‘El ritmo de la noche ya está aquí / llegó para quedarse y no se va a ir’. El artero estribillo del dúo freak estaba vedado. Si bien no
teníamos muy claro que era lo que íbamos a hacer sí sabíamos que era lo que no queríamos. Nada de utilizar la radio para mandar saluditos, ni armar un top ten ficticio, ni engolar la voz como los locutores de moda. Nuestros referentes no venían precisamente de la FM porque en la pequeña ciudad sólo se podía escuchar la flamante frecuencia modulada en las noches de humedad -que favorecían la transmisión de las ondas- y una sola estación: la 97 Especial de Rosario (Santa Fe) que pertenecía al grupo Televisión Litoral. Allí, un grupo de jóvenes periodistas irrumpían con su desfachatado Después de Hora. El team estaba integrado por Osvaldo Bazán, Patricia Dibert, el Colo Mascali y el músico Coki De Bernardis –que años atrás nos había hecho bailar en los cumples de 15 con ‘La lluvia cae lenta / y si cae no la siento’ hitazo de su ex banda Punto G-. La FM recién asomaba y en un año virgen de globalización cada nueva mirada era una inyección de creatividad. Los pibes de Después de Hora iban un paso más adelante.

 

En el lugar exacto

Hay fenómenos humanos difíciles de explicar. Ese verano del ‘91 nos encontramos. El Zócalo fue un encuentro de pibes que vimos en la radio un medio para expresarnos. Como podíamos. Como estábamos aprendiendo. Emisora Colón se ha caracterizado por ser un medio tradicional, no da pasos en falsos. La radio –históricamente- jamás vendió un espacio, siempre se asoció con cada uno de los conductores/productores, por ende debíamos convencer a su Director, Oscar Bobet, que nos entregue la franja nocturna. Hasta ese año Emisora Colón tenía una programación con apertura por la mañana y cierre a la noche, similar a los canales de televisión de aire. No existía la FM y la transmisión era por cable. ¿Cómo dejar en manos de chicos de 16 años dos horas de programación radial de lunes a viernes? ¿Quién iba a ser el responsable de los equipos, de abrir y cerrar la radio, de lo que íbamos a decir? Aún no teníamos responsabilidades penales, civiles y jamás habíamos votado.

Junto a Gastón Ríos trabajábamos en El Rotativo del Deporte desde 1988. Habíamos ingresado al plantel de la Emisora para reemplazar a Cristian Marcantonio quien trabajó casi cinco años en el programa y ya estaba estudiando en Rosario Comunicación Social. Con él trabamos una amistad y mucho diálogo. Cristian nos traía las ideas nuevas de la universidad y nosotros la contrastábamos con la realidad colonense. Con la llegada de la FM empezábamos a vislumbrar una democratización de ideas, gustos y tendencias. Empezar a generar contenidos, hablar sobre lo que nos ocurría y no estaba en la tele. En ningún lado. De aquellos diálogos interminables fue surgiendo El Zócalo. Cristian era el hombre serio, el proyecto de profesional que debía convencer a Bobet. Pero faltaba incorporar piezas dos piezas claves: Juan Manuel Fij y Mauricio Pisio Enriquez, dos compañeros de la Escuela Nacional. Ellos eran mis grandes amigos. Juanma, un hermano, con quien ya jugábamos a la radio en nuestra infancia, escribíamos letras de canciones y leíamos cómics. Pisio era discjockey y trabajaba en la disquería Mastership; él nos podía proveer de la música, editar jingles, postproducir el material. El equipo iba tomando forma…

 

Pibelandia es el lugar…

Las primeras reuniones fueron en la plaza Pibelandia. Cada uno llegaba con una libretita y varias ideas. Marcantonio nos ordenaba. Yo caí con dos discos, uno de Mozart y otro con todas las canciones de El Zorro. De ahí surgirían las dos cortinas del programa: La marcha turca y la canción de Los Locos Adams (que curiosamente formaba parte del long play del héroe californiano). Juanma propuso el nombre del programa, miró hacia abajo y exclamó: “El Zócalo”. O sea que si Fij hubiera mirado hacia arriba tal vez nos hubiéramos llamado La Nube. Pero no, miró hacia abajo y sostuvo el nombre. Acto seguido, el latiguillo, en radio lo más bajo. Ese ‘lo más bajo’ sintetizaba nuestro punto de partida. Íbamos en contra del ‘alta potencia’ ‘está todo bien’ y demás mensajes edulcorantes de la radiofonía masiva. Éramos concientes que nuestro público potencial era marginal, orillero, rural, colonense.

Las primeras secciones que surgieron fueron: El Elegido, donde pasábamos un tema de cumbia o cuarteto (hasta ese momento eran géneros marginados en la radio) Sueños y números, donde dábamos a conocer los sorteos de la Quiniela, Historias Policiales, gracias a la agencia de noticias Telam todas las noches hablábamos sobre el perfil de algún asesino reconocido y Juanma empezó a personificar a Zocalito, nuestra mascota, un niño travieso, impaciente y ácido que evidenciaba los errores del programa.

 

El debut: nervios y guerra global

Hasta que llegó el 15 de enero de 1991. 22.30 horas. Emisora Colón. La presentación era un mix de Flash Gordon by Queen, canciones marchosas y la musiquita de Bugs Bunny.  La voz en off pertenecía a un joven Sergio Roullier (actual conductor en Canal 3 y Radio 2 de Rosario), compañero de Cristian en la facu, quien había grabado todos los jingles en un aparato casero que transformaba su timbre en algo más latoso. “Aquí, aquí comienza…”

El prólogo fue de Marcantonio. Muy serio y solemne. Habló sobre la juventud, la democracia, la participación y el compromiso. “Por lo menos tenemos que hacer algo”, dijo Cristian. En Argentina se discutían tibiamente los indultos a los dictadores y Los Redondos se paseaban como mutantes de una nueva etapa de pulverización de la política.

El segundo programa fue más relajado e invitamos a Merda D’Artista, el grupo insignia del rock colonense. Mientras los estábamos entrevistando, en una conversación informal y repasando sus canciones, Juanma irrumpió en escena. La Emisora contaba con una teletipo que recibía los cables de la agencia Telam. Fij llegó corriendo con un cable de último momento, se puso serio y dijo: “Hablando de misiles, empezó la Guerra del Golfo’.  El 16 de enero de 1991 una coalición internacional de 31 países liderada por Estados Unidos inició una campaña militar contra Irak con el fin de obligar al ejército invasor a replegarse de Kuwait. En Emisora, una noche de calor, anunciamos la tristemente célebre primera guerra televisada en vivo. La noche antes, el primer tema que salió al aire en El Zócalo fue Imagina de Lennon.

El Zócalo también fue un espacio para la innovación publicitaria. Poco a poco varios comercios fueron arriesgándose a acompañarnos. Oscar Bobet jamás nos cobró el espacio y la totalidad de pauta comercial que ingresaba era para nosotros. Aunque el trueque fue nuestra mejor herramienta de negocios: pizzas, tragos y entradas para el boliche.

“Un helado con altura / Heladería Los Alpes”, se contraponía a nuestro lei motiv “en radio lo más bajo”. Claro, Los Alpes eran los más caros y ricos helados de Colón. “Si vas a cumplir 15 años (en tono eufórico) O tal vez tengas que casarte (en tono alicaído) de algo estamos seguro, las tarjetas son de Imprenta Chavero”.  La personificación de Cleopatra, el Cid Campeador o el Conde Lucanor también formaban parte de las aventureras imitaciones que hacíamos para las publicidades. Experimentación pura en plena era analógica.  La pintada de graffitis, la impresión de almanaques y la organización de fiestas al atardecer como ‘Chocolate Zócalo Party’ o ‘Palomitas de maíz Zócalo Estudiantil’ en Elite o en Odeón VIP Disco Láser formaban parte de la estrategia de difusión del programa.

 

Talismanes y el infinito…

Entre las secciones que fueron desfilando en todas las temporadas recuerdo con cariño las recetas de Ricky Camino, una invitación a los paladares deformados de comer tanto asado. Ricky (El Gordo) era un profesor de tenis devenido en actor que había impulsado una casa de comidas gourmet y aprovechaba el programa para promocionar sus recetas. Era muy gracioso explicar las refinadas fórmulas culinarias en el programa.  En la sección ‘Entre Biblias, calefones, talismanes y el infinito’ mi hermana Magaly nos paseaba entre la literatura, el costumbrismo y barrios oníricos con olor a tango. Spinetta, Goyeneche, Arlt, Soriano o Galeano les daban un toque especial al envío. Las grabaciones de la radionovela ‘Las Historias de Draculo’ eran un juego, una vuelta al pasado glorioso de la radio. Allí aprovechábamos nuestro histrionismo. En el relato,  Zocalito y sus papás se quedaban varados en la terrible mansión de Draculo, un vampiro que nunca llegó a tomar sangre. Diego Amutio protagonizaba a un sirviente jorobado que hablaba defectuosamente y Sabrina Pisacco como la mamá de Zocalito. Durante varias noches, Cristina Millet fue a ejecutar piezas musicales en vivo con un órgano de juguete, emulando al Sordo Gancé, personaje radial de Alejandro Dolina.

Las secciones son apenas una enumeración de dos años de varias horas de aire, que bien daría para armar un librito apócrifo. En El Zócalo nos arriesgamos a hacer algo distinto. Muchos de mi generación lo recuerdan aunque dudo que muchos lo hayan escuchado. El Zócalo fue una experiencia de culto en tiempo presente. Un fragmento de tiempo libre que podría haber sido ocupado por varios picados en la Plaza Mitre. Pero decidimos hacer radio. Eso no significa que es mejor o peor, es distinto. A todos nosotros nos marcó, como marcan las experiencias en aquellos años. Un manojo de ironía algo naif en una ciudad perdida en el medio de la pampa. Una bocanada de aire en vivo en un país que viajaba a la velocidad de la luz hacia un destino narcotizado. El futuro había llegado.

 

2 COMENTARIOS

  1. Me borraron el articulo por “no enciclopédico” … Ya encontrare la forma de volverlo “enciclopédico”

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